Perdonar 490 veces ¿y después?

XXIV Domingo Ordinario (Mt 18,21-35)

13 de Septiembre de 2020

El caminar con Jesús le ha llevado a Pedro a comprender que hay que perdonar. Él se muestra muy generoso y propone perdonar siete veces. Sin embargo Jesús es radical: “setenta veces siete”. Pedro, que tonto no era, habrá calculado rápidamente y habrá concluido que setenta multiplicado por siete son cuatrocientos noventa; ¿esto quiere decir que después puede permanecer tranquilo sin perdonar? Parece que Jesús intuyó el pensamiento de Pedro y por eso propone la parábola de los dos deudores. La historia está muy bien construida en tres escenas:

1a escena. Se presentan dos protagonistas en la corte: un rey y un deudor. Lo primero que resalta es la enorme deuda: diez mil talentos que equivaldrían a sesenta millones de denarios; si un denario era el salario diario de un jornalero entonces estamos hablando de sesenta millones de días de trabajo para poder reunir esa cantidad. El segundo elemento que sobresale es la dura consecuencia para el deudor: tendrá que ser puesto a la venta tanto él como toda su familia y posesiones. El tercer elemento es la angustia y búsqueda de una solución: “ten paciencia”. Finalmente, maravilla la generosidad del monarca quien, en vez de esperar con paciencia, le perdona toda la deuda.

2a escena. Esta escena está construida en fuerte contraste con la anterior. Ya no se trata de un monarca con un súbdito sino de dos personas de la misma condición. También contrasta la deudade cien denarios que es una cantidad ridícula en comparación con los sesenta millones. Ademássorprende la actitud: mientras el rey simplemente exigía que se le pagara, el otro agarra por la fuerza a su compañero y casi lo estrangula. Finalmente, cuando escucha la petición de paciencia, que es la misma que él había hecho al rey, en vez de perdonar mete en la cárcel a su compañero.

3a escena. En esta escena regresamos a la corte. Aquí debemos poner especial atención a la frase: “¿no debías tú también tener compasión de tu compañero como yo tuve compasión de ti?”. Con esta sentencia Jesús ofrece la justificación más profunda del perdón. No hay que darle muchas vueltas al asunto: si estimamos la ofensa ajena como algo sucedido exclusivamente entre otro y yo, siempre encontraremos motivos para no perdonar. Pero si comparamos esa ofensa teniendo como referencia nuestra relación con Dios considerando todo lo que le debemos y todo lo que nos ha perdonado, entonces el perdón del prójimo brota como algo natural y espontáneo. 

Las palabras finales de la parábola, aunque son bastante severas, encierran la clave de lectura para comprender lo que pide Jesús: perdonar de corazón al hermano. Estas palabras indican en qué consiste perdonar setenta veces siete: no se trata de perdonar hasta cuatrocientas noventa veces como habíamos supuesto, se trata de perdonar de corazón. Tampoco se trata de olvidar porque muchas veces es imposible; lo que sí podemos hacer es perdonar. Quedaría algo como una cicatriz: cada que la veo recuerdo lo que pasó, pero lo importante es que la herida ya no sangra ni duele. Hacia allá nos lleva el perdón.

¿En qué proceso de sanación van las heridas de tu corazón: siguen sangrando o ya cerraron? Si aún no cicatrizan ¿qué te toca hacer para que vayan sanando?


P. Tony Escobedo, c.m.

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