La Ascensión del Señor

7º Domingo de Pascua

Antes que nada, debemos distinguir entre la fiesta de la Asunción y la fiesta de la Ascensión. La fiesta de la Asunción corresponde María. Ella fue tomada y llevada en cuerpo y alma. En cambio la fiesta de la Ascensión corresponde a Jesús. Él no fue llevado, sino que por sí mismo y sin necesidad de ayuda subió al lugar donde está el Padre. 

Cuando hablamos de la Ascensión no debemos confundirla con una elevación, subida o levitación. La Ascensión no se limita al desplazamiento corporal que hizo Jesús de la tierra al cielo. La Ascensión es mucho más que un viaje en ascenso desde el monte donde se encontraba hasta llegar a las nubes. Pensar así es reducir y perder el sentido de la fiesta. 

La Ascensión de Jesús nos habla sobretodo de la glorificación plena del Señor Resucitado. Celebramos, nada más ni nada menos, la Victoria de Jesús sobre todos los obstáculos que nos impedían llegar a Dios y por tal motivo le corresponde ocupar el puesto de honor que es a la derecha del Padre como Dios trino junto con el Espíritu Santo. No queda la menor duda, Jesús es Juez y Señor y Mediador universal. Con la Ascensión, tenemos motivos abundantes de alegría y fiesta, pues el triunfo de Jesús es también nuestro triunfo. 

La Ascensión es el punto de partida de la misión de los discípulos. Ellos no se quedaron mirando al cielo, sino que fueron hasta los confines del mundo para hacer nuevos discípulos. Esa sigue siendo nuestra tarea. En este sentido, recuerdo una anécdota que me gustaría compartirles: en una ocasión me topé con unos misioneros que habían dedicado la mayor parte de su vida a evangelizar algunas aldeas en Japón. Les pregunté cómo habían logrado tantas conversiones sin hablar bien el idioma y con todas las carencias que tenían. ¿Por qué nosotros que teniendo tantos avances tecnológicos, hablando idiomas y usando redes sociales no podemos lograr lo que ellos hicieron? Al escucharme, uno de los misioneros se me acercó. En ese momento le brillaron los ojos ya arrugados por los años y con una sonrisa que dejaba entrever su corazón me respondió melodiosamente: “nosotros no predicábamos mucho ni hacíamos mucho, pero siempre que podíamos hablábamos con cariño de Jesús…”


P. Tony Escobedo, c.m.

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